Un regalo para la ocasión

Fue en el naciente día que salí fuera de la casa movido por algo que debía hacer, aunque no fuera importante. Rápidamente terminado, giré sobre mis pies y noté que los perros señalaban algo con su con su hocico. Era pequeño, y estaba en el suelo frente a la puerta. Me acerqué y vi que era una libélula. Adelanté un dedo hacia ella, y al instante el aéreo nadador se aferró.

Al verle un poco más de cerca, pude enterarme que andaba algo herida, aunque no supe bien de qué. Primera, mi humanidad plena comenzó a actuar. Quise llevarla a las hojas de una planta en una maceta; quería resguardarla, ponerla en un lugar más seguro que el suelo de una zona de paso. Pero la libélula, a pesar de dos o tres intentos míos, no me soltó. Fui hacia dentro de la casa, agarré mi celular, y tomé de ella algunas imágenes fotográficas en el patio, buscando el mejor ángulo. Volví hacia la casa para dejar el celular donde estaba. Luego, miré a la libélula y le dije en mi voz: <Tenés que volar. Volá>. Pero ella seguía allí, en mi dedo, sin haber cambiado de posición ni de lugar.

Seguidamente, fui nuevamente hasta el patio de la casa y me senté en un banquito de madera, sobre una pared celeste como algunos mares de Centroamérica. Levanté mi mano al mismo nivel que mi pecho. Miré a la libélula, por primera vez, ya alejado de toda mi humanidad, y ella me vio directamente. El sol brillaba en sus primeros rayos que llegaban a una pared blanca en frente mío. En mi pecho, le pregunté a la libélula: «¿qué quieres?» Y en mi corazón, la libélula contestó: «Ríe como siempre». Fue un momento puro, en la confusión de la vida. Paz había en mi interior.

Un recuerdo me asaltó, simple, antes que todo recomenzara. Rememoré, como en imagen, como en palabras, como otra cosa distinta pero igual a ambas, que unos días antes otra libélula había quedado atrapada entre la ventana y el mosquitero. Había creído que quería salir, y me dispuse a agarrarla, lo que no podía lograr sin lastimarla, por lo que desistí. Al rato volví pero ya sin querer nada: había puesto el dedo y ella simplemente subió, permaneció y voló hacia el exterior. Sentí, sin más, la dicha; tal vez, como en esa mañana.

Antes de que todo iniciara nuevamente, o habiendo ya comenzado, le pedí disculpas en mi interior a la libélula. Pero yo ya oía los ruidos del mundo, los engranajes de mi cabeza chirriaban de cuestiones, que hurgaban con sus inquisiciones habituales. En ese momento en que el mundo empieza a girar hice conciencia que esas contemplaciones y miramientos, tan aparentemente ligeros, eran como manos que únicamente se materializan al materializarse a la vez el lodo. Ese lodazal que se palpa en la indagación de qué es lo que dice tal y cual sentencia. El tránsito frenético de palabras, cuyos significados atropellan al querer cruzar la avenida. La erupción del razonamiento que despide masas calientes de si el ‘siempre’ era para todos los tiempos de la vida biológica, o si se emparentaba con lo eterno de algún ente. La viscosidad pegajosa y asfixiante de la privada emoción que todo lo justifica. La habitualidad humana es como un pez que desarrolló branquias y aletas para nadar en el barro que casi no fluye ni tiene oxígeno.

Levanté la mirada y ante mí estaba yo, mirando con el ceño fruncido por la luminosidad brillante del sol reflejada en la pared. Tenía el dedo levantado y en él la libélula. Allí estaba yo conmigo mismo y nada más, semejante a la calma en medio del paisaje montañoso de la Cordillera de los Andes, rodeada por un cordón de ciudades industriales.

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