Mi nombre es Josefina, y soy parte de este viaje de descubrimiento al origen. Nacida en Laprida, provincia de Buenos Aires. Me mudé a La Plata para estudiar Administración Contable, lo que me llevó a descubrir aquello que no soy. Principio necesario para comenzar este viaje.

Cuando entendí que mi casa es el mundo.

Hace dos años estaba llorando en un bar de comidas al otro lado del mundo, hacía 48 hs que había tomado un avión por primera vez en mi vida y había dado media vuelta al globo, sola.

Tocando fondo por situaciones varias y llena de nuevas emociones. En un lugar que no conocía, con gente que hablaba otro idioma, olores desconocidos. Habiendo pasado por aeropuertos, controles aduaneros, fronteras, papeleos, un gps con calles inentendibles. Me había levantado temprano para salir a caminar y estaba perdida en una ciudad enorme. Cansada, con calor y sin saber qué hacer. Me preguntaba cuál era la razón por la que me encontraba ahí. Cuál había sido el fin. No me acordaba.

Desde mi mesa veía a los chicos de la cocina que hablaban entre ellos y me miraban, llamaron a la persona que me atendió y concluyeron que alguien tenía que acercarse.

La chica que me había servido los noodles con papaya salada vino a preguntarme, en su idioma, algo que nunca supe qué era, pero que por su actitud supuse que ofrecía su ayuda, a lo que respondí “Im ok”, tal cual me había enseñado mi maestra de inglés de 4to grado, y en parte me sentí bien por hacerme entender.

Es que no podía poner en palabras lo que me estaba pasando. Ni siquiera para mí.

Me sorprendió que estos jóvenes mostraran tan sincera preocupación, y esta actitud me hizo reflexionar. Sobre todo porque también los lugareños que se encontraban almorzando en las mesas vecinas me miraban, y cada vez que yo levantaba la vista, recibía una sonrisa amigable y hasta en parte fraternal, sobre todo de las mujeres presentes. Todos se habían dado cuenta que no nos íbamos a entender con palabras pero me abrazaron con su empatía.

Me sentí cuidada. Esas personas no eran indiferentes al dolor de otro ser humano y a la vez respetaban mi espacio y mis tiempos.

Concluí que no tenía motivos para estar mal. Terminé mi plato, más como muestra de agradecimiento que por gusto, ya que todavía no me acostumbraba a los sabores. Respiré hondo, me paré, recorrí a todos los presentes con una sonrisa de agradecimiento y salí a caminar. Feliz de estar donde estaba.

Una cosa era segura, y era lo único que necesitaba entender en ese momento, estaba bien, abrumada por todo lo pasado, pero donde sea que miraba, el mundo me recibía.

Ayer una amiga me dijo que estaba triste. Hoy lo que puedo responderle, es que un gesto de amor, hace la diferencia.

Qué me trajo hasta acá

No les he compartido aún sobre el camino recorrido hasta ahora, podría empezar por la situación laboral, un poco de historia y reflexión. Más que nada porque es algo que llega a definirnos muchas veces.

En mi caso pasé por varias experiencias previas antes de llegar a ser actualmente administrativa. Mi “lugar de trabajo” es en una oficina. Lo pongo con comillas porque de un tiempo a esta parte, ya no lo llamo mi lugar de trabajo. Hoy es el espacio donde intercambio mi tiempo y mi capacidad, por el elemento necesario para cubrir mis necesidades básicas inherentes al modo de vida urbano. Espero en algún momento poder prescindir de esta modalidad ó encontrar una forma que valore y respete el capital humano y material en que se basan las organizaciones para producir riqueza. Puede sonar muy utópico, pero bueno, soñar no cuesta nada y por algo se empieza.

Hasta hace unos años, me parecía imposible prever el punto en que me encuentro hoy. Apenas llegaba a pagar los gastos del mes, darme algún gusto, e incluso cuando pude ahorrar, pensaba en pedir un préstamo y comprar un departamento.

En ese momento viajar me parecía imposible porque me identificaba mucho con el trabajo. Yo era Josefina y trabajaba de administrativa. En las vacaciones buscaba lugares muuuy económicos para descansar apenas, o directamente no iba a ningún lado. Me quedaba en casa, juntandome con amigas.

La vida era una rutina, y lo veía muy seguro. Estaba tranquila. Bien. Tenía todo lo que por regla general es aceptable, un trabajo estable, alquilaba mi departamento,un autito y ya pensaba en la casa.

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Miedos I

Escribo esto en la mañana de un domingo lluvioso, tomando mates, mientras los perros y el gato duermen.

No siempre tuve el placer de disfrutar del tiempo y el espacio.

Hace unos años trabajaba doce horas diarias, con solo el domingo de descanso, que lo usaba para limpiar la casa.

No tenía necesidad. Tenía miedo.

El miedo estaba presente porque no sabía quién era, no sabia que quería, no sabia que deseaba. Llenaba mi vida de sin-sentidos. Entregaba mi energía a cambio de papeles de colores que guardaba en el banco, para algún día, ser alguien. Años en piloto automático.

Si no hubiera pasado por ese momento, no sería lo que soy hoy.

A veces, es necesario tocar fondo. Perderse, para encontrarse.

Conozco gente que está en mi situación de hace unos años, no saben quienes son. Bueno, yo hoy incluso,  no lo tengo tan claro. Pero tener consciencia  de esto te acerca al encuentro.

Nadie puede hacer el camino del otro, seria muy fácil ¿no? Cuantos quisieran.

Hoy soy feliz, cuando, caminando con mis perros, se dan vuelta tres veces por minuto para ver si yo sigo atrás de ellos. Es algo tan simple, cada vez que pasa, adentro mio es la misma reacción. Sonrisa automática.

Todo se trata de superar los pequeños miedos. Uno a uno. Paso a paso.

El camino de vuelta es duro, pero vale la pena.

Porque todo tiene un comienzo

El inicio de esta historia es bastante dudoso ¿En qué momento comenzamos a querer conocer el mundo? ¿En una fantasía infantil? ¿En un arrebato de rabia de adolescencia? ¿En la inercia de los días de la adultez?

Sea lo que sea, la consciencia de la pequeñez de uno mismo en el mundo, y la incalculable diversidad de vidas, de experiencias, lugares, formas, me dejan pensando más de una vez, mirando por la ventana a la nada misma y al mismo tiempo a todo, viajando en mi cabeza a mundos desconocidos.

He aquí, que en medio de un momento de relativa calma en mí misma aparece Jeremías, iluminado por el sol del mediodía.

Los planes difusos de “fuga” se tomaron un descanso para aflorar con más fuerza que nunca en una charla crepuscular. Pero esta vez, mucho más claros.

Imaginense la cara de Jere, cuatro meses después de los primeros encuentros, escuchando mis sueños de una vida de aventuras. Casi se muere de un infarto imaginando que el próximo paso sería pedirle casamiento.

Cuando sus dudas quedaron un poquito más de lado y empezó a entender de lo que le había hablado, empezó la búsqueda de la Kombi.

Así llegamos a los anteriores dueños, que ante nuestra emoción, nos dejaron ya casi con la certeza de que eran ellos y la “Vieja” quienes nos elegian a nosotros.

De repente, estábamos haciendo los papeles de la transferencia, ¡¡¡¡¡Que alegría!!!!!

La vuelta a casa manejando por primera vez fue una felicidad inexplicable. Tenía en mis manos el volante y el motor que darían vida a un sueño, y al lado a mi compañero.

Era consciente que se venía mucho trabajo por delante, pero ahora veía que era posible materializar deseos.

Gracias inmensas a Nona y a Edu por su buena onda, predisposicion y humanidad y envío mis deseos para que la vida les lleve alegrías cada instante en este viaje.

Y gracias infinitas a Jere, por la sonrisa y el calor que hacen posible este proyecto de descubrimiento en amor.

Desde aquel momento cada día es una nueva experiencia y doy cuenta, que merecemos lo soñado.

Esta foto es la primera en la llegada a La Plata, que nos sacó Lucas.