Cuando entendí que mi casa es el mundo.

Hace dos años estaba llorando en un bar de comidas al otro lado del mundo, hacía 48 hs que había tomado un avión por primera vez en mi vida y había dado media vuelta al globo, sola.

Tocando fondo por situaciones varias y llena de nuevas emociones. En un lugar que no conocía, con gente que hablaba otro idioma, olores desconocidos. Habiendo pasado por aeropuertos, controles aduaneros, fronteras, papeleos, un gps con calles inentendibles. Me había levantado temprano para salir a caminar y estaba perdida en una ciudad enorme. Cansada, con calor y sin saber qué hacer. Me preguntaba cuál era la razón por la que me encontraba ahí. Cuál había sido el fin. No me acordaba.

Desde mi mesa veía a los chicos de la cocina que hablaban entre ellos y me miraban, llamaron a la persona que me atendió y concluyeron que alguien tenía que acercarse.

La chica que me había servido los noodles con papaya salada vino a preguntarme, en su idioma, algo que nunca supe qué era, pero que por su actitud supuse que ofrecía su ayuda, a lo que respondí “Im ok”, tal cual me había enseñado mi maestra de inglés de 4to grado, y en parte me sentí bien por hacerme entender.

Es que no podía poner en palabras lo que me estaba pasando. Ni siquiera para mí.

Me sorprendió que estos jóvenes mostraran tan sincera preocupación, y esta actitud me hizo reflexionar. Sobre todo porque también los lugareños que se encontraban almorzando en las mesas vecinas me miraban, y cada vez que yo levantaba la vista, recibía una sonrisa amigable y hasta en parte fraternal, sobre todo de las mujeres presentes. Todos se habían dado cuenta que no nos íbamos a entender con palabras pero me abrazaron con su empatía.

Me sentí cuidada. Esas personas no eran indiferentes al dolor de otro ser humano y a la vez respetaban mi espacio y mis tiempos.

Concluí que no tenía motivos para estar mal. Terminé mi plato, más como muestra de agradecimiento que por gusto, ya que todavía no me acostumbraba a los sabores. Respiré hondo, me paré, recorrí a todos los presentes con una sonrisa de agradecimiento y salí a caminar. Feliz de estar donde estaba.

Una cosa era segura, y era lo único que necesitaba entender en ese momento, estaba bien, abrumada por todo lo pasado, pero donde sea que miraba, el mundo me recibía.

Ayer una amiga me dijo que estaba triste. Hoy lo que puedo responderle, es que un gesto de amor, hace la diferencia.

Qué me trajo hasta acá

No les he compartido aún sobre el camino recorrido hasta ahora, podría empezar por la situación laboral, un poco de historia y reflexión. Más que nada porque es algo que llega a definirnos muchas veces.

En mi caso pasé por varias experiencias previas antes de llegar a ser actualmente administrativa. Mi “lugar de trabajo” es en una oficina. Lo pongo con comillas porque de un tiempo a esta parte, ya no lo llamo mi lugar de trabajo. Hoy es el espacio donde intercambio mi tiempo y mi capacidad, por el elemento necesario para cubrir mis necesidades básicas inherentes al modo de vida urbano. Espero en algún momento poder prescindir de esta modalidad ó encontrar una forma que valore y respete el capital humano y material en que se basan las organizaciones para producir riqueza. Puede sonar muy utópico, pero bueno, soñar no cuesta nada y por algo se empieza.

Hasta hace unos años, me parecía imposible prever el punto en que me encuentro hoy. Apenas llegaba a pagar los gastos del mes, darme algún gusto, e incluso cuando pude ahorrar, pensaba en pedir un préstamo y comprar un departamento.

En ese momento viajar me parecía imposible porque me identificaba mucho con el trabajo. Yo era Josefina y trabajaba de administrativa. En las vacaciones buscaba lugares muuuy económicos para descansar apenas, o directamente no iba a ningún lado. Me quedaba en casa, juntandome con amigas.

La vida era una rutina, y lo veía muy seguro. Estaba tranquila. Bien. Tenía todo lo que por regla general es aceptable, un trabajo estable, alquilaba mi departamento,un autito y ya pensaba en la casa.

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Un regalo para la ocasión

Fue en el naciente día que salí fuera de la casa movido por algo que debía hacer, aunque no fuera importante. Rápidamente terminado, giré sobre mis pies y noté que los perros señalaban algo con su con su hocico. Era pequeño, y estaba en el suelo frente a la puerta. Me acerqué y vi que era una libélula. Adelanté un dedo hacia ella, y al instante el aéreo nadador se aferró.

Al verle un poco más de cerca, pude enterarme que andaba algo herida, aunque no supe bien de qué. Primera, mi humanidad plena comenzó a actuar. Quise llevarla a las hojas de una planta en una maceta; quería resguardarla, ponerla en un lugar más seguro que el suelo de una zona de paso. Pero la libélula, a pesar de dos o tres intentos míos, no me soltó. Fui hacia dentro de la casa, agarré mi celular, y tomé de ella algunas imágenes fotográficas en el patio, buscando el mejor ángulo. Volví hacia la casa para dejar el celular donde estaba. Luego, miré a la libélula y le dije en mi voz: <Tenés que volar. Volá>. Pero ella seguía allí, en mi dedo, sin haber cambiado de posición ni de lugar.

Seguidamente, fui nuevamente hasta el patio de la casa y me senté en un banquito de madera, sobre una pared celeste como algunos mares de Centroamérica. Levanté mi mano al mismo nivel que mi pecho. Miré a la libélula, por primera vez, ya alejado de toda mi humanidad, y ella me vio directamente. El sol brillaba en sus primeros rayos que llegaban a una pared blanca en frente mío. En mi pecho, le pregunté a la libélula: «¿qué quieres?» Y en mi corazón, la libélula contestó: «Ríe como siempre». Fue un momento puro, en la confusión de la vida. Paz había en mi interior.

Un recuerdo me asaltó, simple, antes que todo recomenzara. Rememoré, como en imagen, como en palabras, como otra cosa distinta pero igual a ambas, que unos días antes otra libélula había quedado atrapada entre la ventana y el mosquitero. Había creído que quería salir, y me dispuse a agarrarla, lo que no podía lograr sin lastimarla, por lo que desistí. Al rato volví pero ya sin querer nada: había puesto el dedo y ella simplemente subió, permaneció y voló hacia el exterior. Sentí, sin más, la dicha; tal vez, como en esa mañana.

Antes de que todo iniciara nuevamente, o habiendo ya comenzado, le pedí disculpas en mi interior a la libélula. Pero yo ya oía los ruidos del mundo, los engranajes de mi cabeza chirriaban de cuestiones, que hurgaban con sus inquisiciones habituales. En ese momento en que el mundo empieza a girar hice conciencia que esas contemplaciones y miramientos, tan aparentemente ligeros, eran como manos que únicamente se materializan al materializarse a la vez el lodo. Ese lodazal que se palpa en la indagación de qué es lo que dice tal y cual sentencia. El tránsito frenético de palabras, cuyos significados atropellan al querer cruzar la avenida. La erupción del razonamiento que despide masas calientes de si el ‘siempre’ era para todos los tiempos de la vida biológica, o si se emparentaba con lo eterno de algún ente. La viscosidad pegajosa y asfixiante de la privada emoción que todo lo justifica. La habitualidad humana es como un pez que desarrolló branquias y aletas para nadar en el barro que casi no fluye ni tiene oxígeno.

Levanté la mirada y ante mí estaba yo, mirando con el ceño fruncido por la luminosidad brillante del sol reflejada en la pared. Tenía el dedo levantado y en él la libélula. Allí estaba yo conmigo mismo y nada más, semejante a la calma en medio del paisaje montañoso de la Cordillera de los Andes, rodeada por un cordón de ciudades industriales.

Miedos I

Escribo esto en la mañana de un domingo lluvioso, tomando mates, mientras los perros y el gato duermen.

No siempre tuve el placer de disfrutar del tiempo y el espacio.

Hace unos años trabajaba doce horas diarias, con solo el domingo de descanso, que lo usaba para limpiar la casa.

No tenía necesidad. Tenía miedo.

El miedo estaba presente porque no sabía quién era, no sabia que quería, no sabia que deseaba. Llenaba mi vida de sin-sentidos. Entregaba mi energía a cambio de papeles de colores que guardaba en el banco, para algún día, ser alguien. Años en piloto automático.

Si no hubiera pasado por ese momento, no sería lo que soy hoy.

A veces, es necesario tocar fondo. Perderse, para encontrarse.

Conozco gente que está en mi situación de hace unos años, no saben quienes son. Bueno, yo hoy incluso,  no lo tengo tan claro. Pero tener consciencia  de esto te acerca al encuentro.

Nadie puede hacer el camino del otro, seria muy fácil ¿no? Cuantos quisieran.

Hoy soy feliz, cuando, caminando con mis perros, se dan vuelta tres veces por minuto para ver si yo sigo atrás de ellos. Es algo tan simple, cada vez que pasa, adentro mio es la misma reacción. Sonrisa automática.

Todo se trata de superar los pequeños miedos. Uno a uno. Paso a paso.

El camino de vuelta es duro, pero vale la pena.

Conversaciones II

Una noche fue su voluntad meditar antes de dormir. Se sentaron cerca de la cabecera de la cama y estuvieron mutados e inmóviles por un tiempo. Luego, se recostaron:

– Esta noche es la misma que la de anoche, ¿no te parece?

– Anoche no existe.

– Bueno…ayer ya pasó y hoy estamos pasándola, como ayer la pasamos, así es que fue real.

– ¿Real?

– Sí; es decir, no como ahora es real, sino como fue ayer.

– ¿Cómo sabés que anoche fue real como hoy?

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Conversaciones I

[…] Y un día tiraron seis veces tres monedas sobre la mesa, hicieron unas anotaciones en un papel y luego leyeron el libro del I Ching:

– Parece que lo más importante está en esto de <seguir la huella>.

– Sí, así es.

– <En medio del Lago está el Trueno>

– La imagen simbólica de la calma en el momento justo. Pero los trigramas agregan la honestidad y la perseverancia de la acción.

– En el Lago de los Truenos nació el creador de lo que luego, los sabios, llamaron el I Ching.

– El Emperador Azul…

– El señor del tiempo y el movimiento. Conocedor del tejido del mundo, lector de la trama de hoy es adivinador del mañana.

– Una acción de hoy se inscribe en ese entramado…o quizás ya estaba inscrita. En ella está engranado el sentido que nos une al todo, e indica hacia dónde iremos.

– ¿La huella tal vez?

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Un día de lluvia

En un día de lluvia, el alma corre el albur de ser llevada a un estado de extrañeza. Amanecer bajo la extendida nube, la tenue claridad apenas atravesando y rodeando el entorno; las veredas y los edificios mojados, la llovizna continua y repartida por el viento, y uno mismo caminando. Allí va uno y otra y otre en direcciones diversas; por allá subidos a un bondi van otros; aún los podemos contar. La extrañeza acomete y no es algo habitual. En realidad, ella sintoniza a quienes emiten señales, y así ocurre en un día de lluvia, el día que parece apropiado para esa reunión.

Lo que no es habitual no es necesariamente negativo; pero la extrañeza no queda definida tan automática como todo lo que nos rodea. Extraño resulta lo que nos rodea en un día extraño de lluvia. Y todo eso que antes era acogedor como lo son las cosas cotidianas, se tornan un poco ajenas: así nosotros nos acercamos más a nosotros mismos en un extraño lugar o somos otros en el lugar que caminamos. Y entonces mirás a las personas que pasan, que caminan al lado, como si fuese la primera vez que encontrás a alguien por aquí. Pero los tiempos corren como corren las personas, y sólo queda el intento, la mera imaginación de hablarle. De hablar sinceramente de otro modo, más allá de las tácitas reglas consuetudinarias. De compartir algo más que lo habitual de los caminos cotidianos. De mostrar que algo más despunta. Aunque, quizás no, tal vez nos acerquemos más al centro interior, con más ganas de probar una soledad insólita.

Allí se da una oportunidad de vernos de otro modo. Podemos afligirnos, y así interrumpirnos en el extravío para descargarnos en algo que nos es cotidiano y retornar a la calma, descubriéndola desde la perspectiva que se abrió, atravesando la cual damos cuenta del deseo de lo cotidiano. O bien, no, podemos hacernos cargo del extrañamiento y ver qué resulta de seguir caminando en el desvío. La sencillez del momento no cambiará las cosas: lo habitual seguirá siendo habitual. El momento de extrañeza puede descubrirnos más profundamente la habitualidad, o bien mostrar que lo que nos resulta extraño aún puede ser más habitual de lo que creemos.

Hasta luego

Entre mis manos tengo el papel con el que anuncio mi retiro del trabajo. ¿Cuántos años pasaron ya? En breve serán diez años. Diez años del sueldo mes a mes, que proyectaron un futuro de tantos años más en esa misma manera. Diez años; en verdad, poco importa el número, sino la seguridad que eso genera. Es una seguridad imperceptible; quizás, sea un sentir continuo, que por su continuidad es insensible.

Una semilla que se plantó hace unos meses atrás, ha echado ya sus primeras raíces y su tallo; irrumpe en aquella seguridad. Algo quiere aprisionarla, contenerla bajo la tierra: son las botas muy nuevas y lustrosas del miedo. Algo estridente suena en el ambiente, algo quiere aturdir su crecimiento, son las palabras que grita la vieja costumbre: «¡No lo hagas, es una locura!». El aire si apenas vibra por un suspiro tan tenue como efímero, hay una secuencia de la trémula duda: no, no, no.

Pero es sí indefectiblemente. Es la fuerza natural la que motoriza a la semilla a ir más allá de lo que hasta ahora es: ¡el azar será movido por el viento! Es el mundo el que llama a la temeridad y nos enseña que nada hay que temer. Es el grito del destino el que guía hacia la meta, hacia el origen. Ser donde debo ser, y será lo que será. Gracias por todo y hasta luego.

Porque todo tiene un comienzo

El inicio de esta historia es bastante dudoso ¿En qué momento comenzamos a querer conocer el mundo? ¿En una fantasía infantil? ¿En un arrebato de rabia de adolescencia? ¿En la inercia de los días de la adultez?

Sea lo que sea, la consciencia de la pequeñez de uno mismo en el mundo, y la incalculable diversidad de vidas, de experiencias, lugares, formas, me dejan pensando más de una vez, mirando por la ventana a la nada misma y al mismo tiempo a todo, viajando en mi cabeza a mundos desconocidos.

He aquí, que en medio de un momento de relativa calma en mí misma aparece Jeremías, iluminado por el sol del mediodía.

Los planes difusos de “fuga” se tomaron un descanso para aflorar con más fuerza que nunca en una charla crepuscular. Pero esta vez, mucho más claros.

Imaginense la cara de Jere, cuatro meses después de los primeros encuentros, escuchando mis sueños de una vida de aventuras. Casi se muere de un infarto imaginando que el próximo paso sería pedirle casamiento.

Cuando sus dudas quedaron un poquito más de lado y empezó a entender de lo que le había hablado, empezó la búsqueda de la Kombi.

Así llegamos a los anteriores dueños, que ante nuestra emoción, nos dejaron ya casi con la certeza de que eran ellos y la “Vieja” quienes nos elegian a nosotros.

De repente, estábamos haciendo los papeles de la transferencia, ¡¡¡¡¡Que alegría!!!!!

La vuelta a casa manejando por primera vez fue una felicidad inexplicable. Tenía en mis manos el volante y el motor que darían vida a un sueño, y al lado a mi compañero.

Era consciente que se venía mucho trabajo por delante, pero ahora veía que era posible materializar deseos.

Gracias inmensas a Nona y a Edu por su buena onda, predisposicion y humanidad y envío mis deseos para que la vida les lleve alegrías cada instante en este viaje.

Y gracias infinitas a Jere, por la sonrisa y el calor que hacen posible este proyecto de descubrimiento en amor.

Desde aquel momento cada día es una nueva experiencia y doy cuenta, que merecemos lo soñado.

Esta foto es la primera en la llegada a La Plata, que nos sacó Lucas.