Un día de lluvia

En un día de lluvia, el alma corre el albur de ser llevada a un estado de extrañeza. Amanecer bajo la extendida nube, la tenue claridad apenas atravesando y rodeando el entorno; las veredas y los edificios mojados, la llovizna continua y repartida por el viento, y uno mismo caminando. Allí va uno y otra y otre en direcciones diversas; por allá subidos a un bondi van otros; aún los podemos contar. La extrañeza acomete y no es algo habitual. En realidad, ella sintoniza a quienes emiten señales, y así ocurre en un día de lluvia, el día que parece apropiado para esa reunión.

Lo que no es habitual no es necesariamente negativo; pero la extrañeza no queda definida tan automática como todo lo que nos rodea. Extraño resulta lo que nos rodea en un día extraño de lluvia. Y todo eso que antes era acogedor como lo son las cosas cotidianas, se tornan un poco ajenas: así nosotros nos acercamos más a nosotros mismos en un extraño lugar o somos otros en el lugar que caminamos. Y entonces mirás a las personas que pasan, que caminan al lado, como si fuese la primera vez que encontrás a alguien por aquí. Pero los tiempos corren como corren las personas, y sólo queda el intento, la mera imaginación de hablarle. De hablar sinceramente de otro modo, más allá de las tácitas reglas consuetudinarias. De compartir algo más que lo habitual de los caminos cotidianos. De mostrar que algo más despunta. Aunque, quizás no, tal vez nos acerquemos más al centro interior, con más ganas de probar una soledad insólita.

Allí se da una oportunidad de vernos de otro modo. Podemos afligirnos, y así interrumpirnos en el extravío para descargarnos en algo que nos es cotidiano y retornar a la calma, descubriéndola desde la perspectiva que se abrió, atravesando la cual damos cuenta del deseo de lo cotidiano. O bien, no, podemos hacernos cargo del extrañamiento y ver qué resulta de seguir caminando en el desvío. La sencillez del momento no cambiará las cosas: lo habitual seguirá siendo habitual. El momento de extrañeza puede descubrirnos más profundamente la habitualidad, o bien mostrar que lo que nos resulta extraño aún puede ser más habitual de lo que creemos.

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